En el camino (David Pablos 2025) nos presenta un paisaje infernal, los caminos de los choferes mexicanos que surcan en sus trailers los desiertos del narco. Asesinatos, cadáveres, violencia que puede ser extrema son comunes en las carreteras. Largas soledades interminables como el desierto frente al volante. Paraderos que en lugar de ofrecer pausas al solitario son soledades exacerbadas, multiplicadas, los trailers con su cargamento de solitarios atacando al unísono con prostitutas, prostitutos y dilers de las cosas para poder manejar sin parar.
En esos eriales sin fin caminan los espectros del insomio de la química ilegal, pero también hombres en llamas prendidos con la gasolina de la posesividad del poder sin límite: Poder marca juaritos, la frontera de las maquilas, la Ciudad Juárez de las muertas y desaparecidas. O como en este caso los efebos caídos de la gracia de un empresario déspota del desierto, dueño y señor de los güevos de sus jóvenes amantes que mutila y quema si intentan huir de su serrallo.
Son los monstruos-padre de veneno, quien después del abandono paterno - el papá trailero lo dejó no sólo a él sino a toda la familia por la homosexualidad de veneno - cayó con ese maquilero que le dijo que ahora él era su padre y del que acabó huyendo para salvar su vida. Después llegó Eulas, mismo patrón, Eulas primero lo abandona y después lo quiere matar. Al final aparece en una de esas paradas de la carretera el muñeco, quien sentenciará el destino de veneno en una cárcel. Y a pesar de todo veneno lo ama como quien entre la soledad y el infierno prefiere las llamas tan sólo por sentir la compañía de algún trailero.