Más que la locura, el amor, el
pecado o el sexo, lo que separa a Bess McNeil de la comunidad religiosa donde
vive es que ella "escucha" a Dios y todos los demás lo leen. Lo de
que está loca me parece más bien un recurso narrativo porque para estar loca
Bess es sumamente congruente. La diferencia entre leer y escuchar en cambio es
tajante: Los viejos patriarcas de la comunidad no le ponen siquiera campanas a
su iglesia pues dicen que no las necesitan y Bess tras la muerte se convierte
en tañír de campanas. Los patriarcas la retan a decir que cosa buena trae la
gente de fuera y Bess, a quien le gusta bailar, contesta que la música. Y se
mete a la iglesia de la palabra escrita de Dios vestida de puta a decir que no
se pueden amar las palabras pero que se puede amar a un hombre. Sin embargo
ella hace todo lo que le dice ese hombre porque las palabras de Dios, que
escucha en su cabeza, se lo exigen.
Sus problemas empiezan cuando le pide a Dios que le traiga a ese amor que sólo
puede escuchar por teléfono, pues está en una plataforma petrolera.
Cree escuchar a Dios, un Dios que se parece mucho al severo Dios patrircal de
su comunidad: Un hombre mayor de voz grave que exige su sacrificio. Sacrificio
que al final sirvió para que su amiga Dodo y Jan se conocieran. Bess estaba a punto de salvarse cuando Dodo le dijo que escuchara a Jan. Las
palabras de los de fuera de la comunidad, que ella confunde con las palabras de Dios fueron su
perdición.
Las palabras que le llegan por teléfono desde las olas, la muerte que ella va a
buscar atravesando las olas del mar. A través de olas, waves, la misma palabra
que se usa en inglés para las ondas, que son como olas de sonido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario