jueves, 4 de junio de 2026

Rubias y fatalidad

Ya no hacen delincuentes así. En Dillinger (Max Nosseck 1945) considerada un clásico del cine negro, los delincuentes, enfocados principalmente al asalto bancario, están siempre impecablemente vestidos. Dillinger siempre está de saco y corbata y nunca se le ve un pelo fuera de lugar. Seguramente por eso la guapa rubia que vendía boletos de cine y a la que asaltó cayó rendida a sus pies a pesar de haberla amenazado con un arma. 

Bueno, aparentemente. Porque ni el astuto Dillinger ni ningún otro de los delincuentes acaban ganando. Al final ella es la que ríe al último. La mujer fatal es la única que se beneficia del crimen. Los hombres acaban muertos o en la cárcel. De hecho la historia de Dillinger podría contarse en tres actos. En el primero nace en un pequeño pueblo y, según nos cuenta su papá, él esperaba que su hijo se casara con una chica del pueblo, una buena chica, y que consiguiera un trabajo como todos los demás. Pero este plan de la chica buena del pueblo no se materializa y Dillinger se va a vivir a una ciudad, como siempre sucede en el cine y la novela negra, que es un género urbano. Su idea era volverse un hombre de negocios. Habla de acciones de la bolsa y de ventas en corto. Y seguramente todos los delincuentes tan bien vestidos como él ahora se dedican al crimen de cuello blanco. De cualquier modo una primer rubia fatal se interpone en su camino y, tras un asalto para satisfacerle un capricho a esta mujer, cae en la cárcel.

Ya cuando sale de la Universidad del Crimen conoce a otra rubia que será su perdición: Una amante de las joyas, le pone el cuerno con otro miembro de su banda de asaltantes y acaba por entregar a Dillinger. Ella es en realidad la estrella de la historia que pasa de ser boletera a ser la beneficiaria de la jugosa recompensa que se ofrece por el famoso asaltante.

El genero negro tal como aparece en este clásico es el género de las rubias ambiciosas al principio y fin. Aunque ellas no participen en ningún atraco. De hecho en casos como este su poder es precisamente que no necesitan participar directamente para beneficiarse. Los hombres en cambio nunca tuvieron realmente una oportunidad, su caída siempre fue tan sólo una cuestión de tiempo. En el género negro su destino, como en las antiguas tragedias, ya estaba escrito. Y en el colmo de la ironía Dillinger muere con tan sólo siete dólares y veinte centavos en el bolsillo. Todo fue por nada. 


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