Mostrando entradas con la etiqueta japón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta japón. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de octubre de 2024

La horrible humanidad


Rashomon (Akira Kurosawa 1950) es la historia pionera de las películas que narran la misma cosa desde distintos puntos de vista, a la pulp fiction, pero Rashomon además con narradores en quienes no se puede confiar pues pueden estar diciendo la verdad o no.

Hasta los fantasmas, como un samurai muerto que habla a través de una médium de la tradición japonesa, mienten.

Sólo hay dos personajes que no mienten. Ninguno de los dos vieron nada y por lo tanto no podrían mentir aunque quisieran: Un monje, budista o shintoinsta, quien sabe. Y un cínico. El sacerdote está desolado porque no se puede confiar en nadie y todos mienten y el cínico está con la actitud de que eso siempre ha sido así y siempre lo será, y dice que no le importa si le cuentan la verdad siempre y cuando le cuenten algo interesante.

Los dos sin embargo acaban por ver la verdad ¿La verdad de qué? Primero, de lo que pasó entre un samurai, su esposa, un ladrón y un leñador. 

Se sabe que el ladrón y a la mujer cogieron enfrente del marido samurai que estaba amarrado y que este acabó muerto. Pero fuera de eso todos cuentan una versión diferente de las cosas en las que quien la cuenta sale mejor parado.

A primera vista el cínico es quien descubre la verdad pues se da cuenta que lo que cuenta el leñador - Ya la segunda vez, tras aceptar que no sólo encontró el cuerpo del samurai, sino que llegó antes y alcanzó a ver lo que pasó - es la verdad, pero además el cínico deduce correctamente que el leñador se robó la daga enjoyada de la dama, aunque después el muy hipócrita estaba llorando por la maldad de la gente.

Pero el monje también establece una "verdad": La película empieza con este monje y el leñador lamentándose por la horrible humanidad bajo un monumento en ruinas, la Puerta de Rashomon, una antigüa puerta monumental. Hay una fuerte tormenta y una atmósfera de devastación, el monje dice que las guerras, desastres naturales, hambrunas y los bandidos no son tan malos como no poder confiar en nadie.

Al final se encuentran un bebé entre las ruinas. El cínico se roba unas cosas que había junto al bebé. El monje toma a la criatura en sus brazos y el leñador le pide que se lo de. Dice que aunque tiene seis hijos va a cuidar de ese bebé también. Y el monje se lo da y es un final felíz tipo el sol saliendo tras la tormenta. (O como después de la segunda guerra mundial).

El leñador ha demostrado ser mentiroso, ladrón e hipócrita (como el establishment japonés que llevó al país a la guerra y la derrota) pero el monje se alegra de que se lleve al bebé, dice que ha recuperado su fe en la humanidad así que el leñador no puede ser del todo malo.

La fe en el juicio de este monje (La religión japonesa), esta verdad,  es como las columnas de la puerta de Rashomon aún en pie. Lo único que no se cayó y desde donde se puede empezar de nuevo. 

lunes, 23 de septiembre de 2024

Ciudad monstruo


En La Guerra de los Mapaches (Isao Takahata 1994) los mapaches de los alrededores de Tokio acostumbrados a vivir en un mundo rural de sembradíos, bosques, templos, y casas rústicas de campesinos, se enfrentan al crecimiento de esa ciudad, que al menos en esta historia pasa de ser la víctima de los kaijus: Godzilla, Mothra, Rohan, Godzuki y demás creaturas de la radiación y las explosiones nucleares para convertirse ella misma en la mala de la película.

Los mapaches tienen un superpoder, pueden transformarse en lo que quieran. Bueno no todos los mapaches, unos no.

Usan ese poder para provocar algunos accidentes pero piensan que eso no va a parar a los humanos así que se concentran en espantarlos transformándose en toda clase de cosas de espanto del folklore japonés. También los mapaches machos pueden inflar sus testículos hasta formar grandes bolsas voladoras en las que se elevan para atacar. Y siempre se les ven sus huevos pero nunca sus pitos.

Tokio sin embargo es una ciudad dura. Como dice un mapache maestro de la transformación que habían mandado traer de muy lejos, Tokio era realmente mala pues de donde él venía la gente habría salido huyendo con mucho menos.

En el fondo es una derrota de la vieja religión, los viejos mitos, hay hasta una escena donde el mismísimo Buda se sorprende del megadesarrollo urbano que destruye el hábitat mapache.

Y hay un tema relacionado, la madurez. Al final para sobrevivir los mapaches deben transformarse en humanos y así vemos a uno que anda en el metro cargando un portafolio y se pregunta como los humanos pueden soportar eso. Los mapaches se supone que son muy alegres y despreocupados, como niños.

Todo acaba cuando este mapache-humano se encuentra a unos mapaches-mapaches cantando y bailando y deja su forma de humano trajeado y se les une.

Quizá perdieron por ser mapaches sin pitos lidereados por ancianos, el mero mero es un monje de más de cien años y los maestros que mandan llamar incluyen un mapache de 999 años, otro que se muere de viejo en plena batalla y otro ya se había muerto desde la posguerra de la segunda guerra mundial. Andaban atrasados de noticias estos amigos y muy necesitados de un relevo generacional. Una líder muy importante es una abuela mapache que no los deja reproducirse ¿A quién se le ocurre no reproducirse en medio de una guerra? Lo de no tener pito resulta harto significativo. 

El triste final se suaviza con una última escena donde los mapaches cantan una canción que dice que siempre alguien se acordará de ti en el lugar de donde vienes. O sea no en la malvada y moderna Tokio donde te toca ser adulto, donde nadie te conoce y nadie cree en los viejos cuentos.